Partos de Nacho [12]: El Telefonillo

Por fin después de muchas cartas no publicables, Nacho me dice que sí a poner una en este blog. Sé que no va de gastronomía, pero sí que cuenta cosas de esta Región, desde un punto de vista de la calle y muy cercano. Seguro a más de uno le ha pasado algo como esto que hoy nos cuenta Nacho.

El telefonillo de los eggs
 (A Sulma, que se acaba de gastar una suma escandalosa de dinero en uno megamoderno e hiperútil. Has hecho bien, preciosa. De lo tuyo gastas.
Y a Carlos, que ayer mismo perdió uno si no igual si muy parecido y hoy tenía cara de cadáver por ello.)
      De todos los artilugios técnicos con que el ser humano se ha dotado y se dota pera su progreso personal y social, y que terminan resultando bien al contrario cargas brutales para su calidad y esperanza vitales mientras colman esa extraña e ilógica en el Reino Animal sed autodestructiva que posee; el teléfono celular móvil es sin duda uno de los peores.
      Cuando te haces de uno, y los tiempos han conseguido que sea poco menos que imprescindible, te pones a merced de una legión de botarates que pueden interrumpir con cualquier memez una actividad o un merecido descanso; y llegas a sufrir apoplejías intentando cortar la comunicación con aquellos que gozan de no parar de hablar a través de una maquinita en lugar de usarla como el sentido común dice: para cuestiones de suficiente urgencia de imprescindible brevedad en el mensaje. Yo mismo he visto con mis propios ojos como una señora entrada en años y en carnes avisaba a una amiga, vecina o familiar que la merluza estaba 40 cts. mas barata en el supermercado en el que estábamos que en no se dónde, gastando en la llamada bastante más de 40 cts. con toda seguridad.
      Pero, ¿qué ocurre cuando te das cuenta que lo has olvidado en casa al cabo de un rato de abandonarla?. La sensación es muy parecida a la que debes sentir habiendo salido sin pantalones.
      ¿Y qué pasa cuando el que tienes deja de funcionar?. Robinson Crusoe se te asemeja a un asistente a un concierto de los Rolling Stones en el centro de la masa vociferante en comparación con tu propia sensación de soledad y aislamiento.
      Esto me ha pasado a mi hace pocas semanas cuando el mío, un pesado, anticuado y sumamente fiable “Nokia” falleció de muerte natural tras más de 10 años de magnífico servicio.
      Debo explicar que la situación no me hubiese parecido tan desesperada si no estuviese intentando reconstruir lo que un día fue mi casa encontrándome en manos de  arquitecto, carpinteros, electricistas y constructores en general, pero la sensación de estar absolutamente inerme fue total.
      Mi hermano se ha comprado uno de esos que hacen todo, desde freír un huevo a dejarte ver la tele, y me cedió amablemente el que usaba hasta entonces. Y ahí comenzó mi calvario.
      Resulta que debía “liberarlo”, como si estuviese sometido a la esclavitud de su anterior dueño, antes de poder activarlo a mi servicio; y me hablaron de una tienda especializada en la Acera del Correo donde estaban especializados en ello.
      Era miércoles y allí me presenté. Bueno, es un decir. La tienda es tan pequeña que en comparación con cualquier lugar comercial al uso una caja de cerillas te puede parecer un portaaviones; y solo pueden acceder a ella dos clientes a la vez, el resto debe permanecer formando una más o menos ordenada fila en la mismísima calle. Llovía, como no podía ser de otra manera. Cuando menos lo necesitas es cuando aparece Murphy con su Ley. Y hacía el turno tercero, una pareja dentro y cuatro jovencitas delante. Empezábamos bien.
      Debe ser complicadísimo “liberar” o lo que diablos estuviesen haciendo, pues las chicas –tres de ellas, la otra no cabía y pugnaba por mirar empujando a sus amigas- no entraron hasta unos diez minutos después. Avancé un turno más, las chicas hablaban todas  a la vez. Seguía lloviendo. Magnífico.
      Un cuarto de hora después conseguí acceder al interior de la tiendecita, pero creo que mi nuca quedó fuera. Detrás de mí tres clientes aguardaban su turno y me miraban con una mezcla de envidia y odio pensando en lo que les quedaba de aguardar bajo la lluvia, y en lo que iban a tardar en arreglar mi asunto. Se equivocaron en sus augurios si eran negativos, tardaron lo que se tarda en decir “no” cuando vieron el modelo de celular que les mostré y cuando respondí “Yoigo” a la pregunta sobre la compañía que esclavizaba el telefonillo.
      Resulta que al parecer manipular ese tipo de celular es complicadísimo, y se negaron siquiera a intentarlo. La parte delantera de mi cuerpo volvió a la lluvia y la vena del odio comenzó a latir en mi sien.
      Llamé a mi hermano, y me dijo que le habían comentado que existía algo así como  un lugar para desahuciados en la calle Castilla. La última opción para los telefonillos enfermos terminales que otros “doctores” ni siquiera miraban dándoles por muertos de antemano. Lo llevaba una mujer, rusa para más señas, y era algo así como una hechicera de la tecnología, así que no perdía nada intentándolo. Tenía un compromiso, así que hube de dejarlo para el jueves por la mañana, mientras estaba convencido de que carpinteros y electricistas me llamaban continuamente a un teléfono muerto ofreciéndome citas para trabajar en mi casa “mañana mismo a primera hora”.
      A las ocho y media en punto estaba leyendo el cartel de la puerta de la tienda de la rusa que informaba de que abrían a las diez. Bravo. Hacía mucho tiempo que no visitaba la zona Castilla/La Hermida, así que me preparé para un largo paseo por allí. Al menos no llovía.
      Hora y media exacta después, cuando me planté en la puerta, podría haber hecho un mapa detallado de dónde estaban tiradas las colillas, envoltorios y restos de chicles pisados en esas calles y sus trasversales, y aún así había un cliente dentro. ¿Cómo lo hizo?, no lo se. Tal vez vivía allí.
      Pronto la mujer me atendió, y torció el gesto al ver el móvil. “Empezamos bien” –pensé- “a que tampoco…”.
     Pues no, la rusa dijo que lo haría. Que era complicado, que requería cierta tecnología que ella tenía y que me costaría 15 euracos la broma en lugar de los 6 habituales. Me sentí como el conocido y riquísimo capo mafioso Don Emilione Bottini cuando la respondí que el dinero no importaba, sino la rapidez en la entrega, pues me era imprescindible en esos momentos.
      Amablemente me cedió mientras se ocupaba del titular un telefonillo suplente al que puso mi tarjeta-chip. Uno de esos plegables que yo llamo “de almeja” y que me aseguró era de sencillo manejo. Me despedí del mío con un esperanzador “hasta mañana”, salí y me dispuse ha hacer mis primeras llamadas al arquitecto.
      Huelga decir que fui incapaz de hacerlo, volví sobre mis pasos con la vena del odio latiendo y avergonzado de mi propia ineptitud con la tecnología punta… que llevaba unos 10 años anticuada.
      La rusa me informó de que no era tanto culpa mía como de que era un aparato que prestaba a sus clientes mientras arreglaba el suyo propio, y que cada usuario le “metía cosas raras”, signifique esto lo que signifique. La respondí que pasaba olímpicamente de tener otro telefonillo y que por un día podía esperar. Por mi salud mental más que nada.
      El viernes me presenté a las diez menos algo y fui el primero… en enterarme que aún no estaba dispuesto el arreglo. “Ven a última hora de la mañana”, me dijo la rusa.
      A la una y media supe que tampoco estaba hecho, mi vena del odio no dejaba de latir y decidí dejarlo para el día siguiente. Sábado. Después de todo el sábado es un día inhábil para trabajos domésticos y ya me importaba un pimiento lo que pudiese suceder con mis constructores.
      El sábado me presenté allí a las diez en punto, para leer en el cartel de la puerta que abría a las diez y media. ¿Murphy?. Algo tuvo que ver en ello, seguro, pero el culpable fui yo al no leer la letra pequeña.
      Pasé de elaborar otro preciso mapa de la calle Castilla y la colocación exacta de los detritus  en sus aceras y me metí en el bar “Español” de la plaza de las Estaciones a darme a la cafeína. Volvía a llover.
      La cara de la rusa era un poema cuando entré media hora después. “Lo siento, no se qué ha podido pasar, pero aún no está liberado”. Me eché a reír. Ya me daba igual todo, vena del odio incluida.
      El lunes estaba hecho. El lunes. Cuatro días de espera.
      Pagué los 15 euros de vellón y encontré cinco llamadas perdidas, pero todas de mis tías. Me habían intentado llamar para recordarme que debía reservar mesa para las comidas de Navidad y Año Nuevo, cuando saben positivamente que es la única reserva fija en esos dos días en el hotel donde celebramos que seguimos vivos otro año más, y van doce.
      En fin, ya estoy otra vez encendido y dentro de cobertura.

By Nacho 31/01/2014

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