Partos de Nacho [20]: Frida Street Food

Foto sacada de internete

Una vez más nos encanta recibir los Partos de nuestro queridísimo amigo Nacho, así que aquí os dejamos su genial forma de explicarse:

“Frida Street Food”

     Tenéis derecho a pensar que solo escribo en positivo de los locales de restauración que visito, pero la verdad es que no me considero ni de lejos un gourmande y los sitios que no me agradan –que los hay- pues simplemente son obviados y, a parte de no volver, creo que no debo siquiera hablar de ellos. Al menos públicamente, en privado es otra cosa.
     Unos viejos amigos, Beto e Inés, han abierto no hace mucho el restaurante de nombre “Frida” trasladándose desde el local donde empezaron en la Cuesta de las Cadenas que era lo más parecido a un pasillo estrecho que he visto. Ahora están en la Calle Santa Lucía en un local no demasiado grande pero en el que ya puedes estar cómodo.
     Como su nombre indica, sirven sobre todo comida para llevar, pero al fondo hay cinco mesas donde te puedes quedar tan tranquilo a comer.
     Entre semana no suele haber problema al mediodía según me dijeron, pero por latarde-noche es otra cosa; es conveniente reservar los fines de semana a cualquier hora pues el comedor no es lo que se dice grande y ya tienen su clientela fija.
      En la cocina “vive” Inés, que lleva años en esto de la hostelería y es cocinera profesional. Digo esto porque es importante saber que no es solo una mujer que cocina bien y es intuitiva que ha puesto un local de comida; sino que sabe lo que se trae entre manos y el por qué hace cada cosa en cada plato. Y esto, lectores, es muy interesante, como sabéis.
     “Beto” es –entre otras muchas cosas- músico, y hace unos años con su grupo hizo un par de giras por México, país del que vino encantado (incluso se trajo máscaras de luchador) y con ganas de traer algo de allí. Su gastronomía, por ejemplo, y hace muy buenos cócteles, por cierto.
     Le reconoceréis por el sombrero “panamá” que luce, aunque no se si tendrá cuentas “off shore” de esas allí. Por alguna razón que se me escapa nos trajo la cuenta habiendo cambiado su sombrero por un auténtico casco de marine de esos de Viet Nam. ¿Desconfianza?. Pues no, resulta que es una “tradición” del local que indica que es hora de cerrar y es como un “aviso” a posibles disidentes.
     En la barra y sirviendo mesas está Churi, amable, divertido y eficiente. Muy majo.
     A eso de las dos y media allí que me presenté con mis dos camaradas habituales, Javi y Héctor; y he de confesar que los dos tienen, por viajes y por paladar más conocimiento que yo en eso de los platos “exóticos”; además de que su hobby es la cocina y no lo hacen nada mal, así que yo, a callar.
     De entrada, a los tres nos gustó la decoración (se ve claramente la mano “amorosa” de los propietarios) y la exquisita limpieza del local (se ve claramente la mano de todos); y nos sentamos a comer.
     La carta es suficientemente amplia y variada (siempre dentro de la oferta del local) como para que nadie se quede con ganas, y está escrita y comentada con sentido del humor que os sorprenderá gratamente, pues te cuenta no solo lo que estás pidiendo, sino la historia del plato en cuestión en tono jocoso.
     Nos hizo gracia la “Ruleta Azteca”, que es como la “rusa” pero en divertido: cinco tacos de los cuales uno lleva una de esas salsas picantes infernales que te atrofian los sentidos durante el resto del día. Cada uno toma el suyo al azar y… Como ellos comentan, “cuatro ríen, uno no”.
     Nos decidimos por el “Chili con Carne” y unos “Nachos Machos” como entrada común y luego un “Burrito”, una “Hamburguesa BB King” y un “Po`boy”.
     El chili es su plato estrella, y estaba perfecto: suave al paladar y contundente al estómago. Lo comimos al estilo marinero: cucharada y paso atrás; y nos supo a poco.
     Verdaderamente bien hecho y sabroso nos encantó a los tres, y podéis creerme si os digo que a veces no nos ponemos de acuerdo ni en respirar. Fuerte aplauso.
      Los “nachos”, pues muy bien. La salsa contenía un guacamole casero exquisito con su toque de queso y tomate molido que francamente nos gustó mucho.
     La carne que se sirve es 100% de tudanca, y se notó en la hamburguesa “BB King” que se zampó uno de mis amigos sin hablar, lo que en mi opinión es el mayor y mejor homenaje a una cocinera. Apenas me dejó invadir su plato con mi aguerrido tenedor para comprobar que, en efecto, la carne era de calidad.
      El burrito, pues sabroso y hecho con ingredientes frescos y en su punto. El que lo comió, Héctor, me dejó probarlo sin demasiada resistencia (es más educado que el otro) y puedo atestiguarlo. Faja de torta de maíz, trozos de pollo (también ecológico y “tratado personalmente” por los dueños), queso fundido y una salsa llamada “Pico de Gallo” que no tengo idea de qué diablo puede ser.
      Añado aquí que los platos salen de cocina sin picante alguno, pero puedes solicitar cualquier tipo de salsa para acompañarlos; desde la leve, infantil y ligera que ni te enteras de que pica hasta arrojar infiernos por la boca. Atención los “gallos” presumidos, si piden lo máximo en picante lo tienen también y pueden retorcerse en el suelo entre aullidos, y eso no da buena imagen.
     Yo me decidí por el Po´boy, y no dejé residuo que se pudiese investigar. Se trata del famoso bocadillo que se sirve en las calles de Nueva Orleans, y su nombre se traduce como “chico pobre”, pues no es sino el bocadillo popular de los habitantes de allí que se ha convertido en un clásico por el turismo y los viajeros que van en busca de música y juerga que abundan en esa ciudad. (Y tiros, atracos y Gambas, lechuga, tomate y salsa Remoulade servidos entre dos rebanadas de pan semi tostado crujiente. Francamente delicioso y me declaro adicto a él desde hoy (ayer) hasta cuatro días después de muerto. No soy demasiado de hamburguesas ni de comida por el estilo, pero este bendito bocadillo es otra cosa.
     El resto de la carta contiene ensaladas, hamburguesas (puedes elegir dentro de lo razonable los ingredientes que desees) y especialidades de la cocina “Tex-Mex” que probaremos en otra ocasión, mas postres diversos.
     Y si tenéis suerte y vais por la tarde podréis tomar el mejor cóctel “Margarita” del mundo; me batiré con los discrepantes si los hay en singular duelo. No tuvimos esta vez la fortuna, pero yo les he bebido hace mucho del mismo autor y no tienen rival que yo sepa. Son fantásticos.
     Sangría, vinos y cervezas completan la oferta para acompañar.
     He de confesar que se me ocurrió escribir sobre el “Frida” una vez comenzada la comida, y a mi compadre se le ocurrió tomar las consabidas fotos ilustrativas; pero los chiles con carne ya eran un vago recuerdo y de los nachos quedaba la mitad. Otra “Frida Street Food”. Mucho más que una hamburguesería, tampoco es un restaurante clásico al uso y no es demasiado grande, pero…  recomendable y recomendado.
By Nacho 16/04/2016

Partos de Nacho [19] Donde Dije «Digo»…

Siempre es una alegría abrir el correo y ver un nuevo aporte del genial Nacho para el Blog así que aquí os lo dejo y espero os guste tanto como a nosotros:

Donde Dije «Digo»…
Pues debo decir un tímido “Diego”. Y me refiero al licor “pisco” del que afirmé que no era lo mío.

Bien cierto es que sigo prefiriendo para mis libaciones los whiskeys de Escocia y de Irlanda, y cuando llegan las calores veraniegas (pero también en invierno) nada me satisface más andando de copeo que el magnífico gin tonic, pero aquí estoy para reconocer que el pisco también tiene sitio.

Resulta que el 30 de Enero fui a comer con un viejo y querido camarada a “La Mar Brava”, restaurante peruano que ya cité en este blog (el enlace aquí) y que nos sigue pareciendo de lo mejorcito de la oferta gastronómica internacional que podemos disfrutar en Santander y que frecuentamos cuando podemos; y nada más entrar vimos que habían colocado un cartel que anunciaba el “Día Nacional del Pisco”, el 6 de Febrero.

Nos pareció un poco exagerado que un restaurante por bueno que sea organice “Días Nacionales”, pero cuando al poco se lo comentamos a Daniel, el chef , nos afirmó que en Perú tienen un día institucional dedicado a su bebida nacional y que se celebra como si tal cosa.

Me pareció bien, y pensé que por qué España no tiene una fiesta ni parecida a esa. Un –por ejemplo- “Día del Vino” que, si no me equivoco, es nuestra bebida nacional en la que se divulgase la cultura de los vinos españoles y se contase con apoyo institucional y privado para contar sus virtudes y su valor económico para la nación. 

¿Tan egoístas son los bodegueros que no se organizan entre todos y todas las zonas vinícolas y denominaciones de origen a una?. ¿Acaso el mamoneo nacionalista campante lo impide?. No lo se. Lo dejo aquí, pero la idea me parece con toda humildad buena.

El chef Daniel es un hombre totalmente enamorado de su cultura nacional, y a poco que trabéis conocimiento y amistad con él os daréis cuenta de que sabe mucho de lo que ama y se apasiona con lo que hace, así que nos improvisó una cata de piscos con los que pretende celebrar su fiesta.

Nos sacó pisco de tres uvas (reconozco que pensaba que ese licor era ancestral e incluso precolombino y mira tu, es de uva), y nos dispusimos a ello.

Resulta que en Perú no se cría vino, y el fruto de las cepas es destilado directamente para aguardiente, y distinguen los licores según la clase de uva de la que procede.

La marca de las botellas era “1615” de la bodega limeña “San Nicolás”, y pudimos catar tres tipos: “Mosto Verde Torontel”, “Italia” y “Acholado”.

Antes que nada debo recordar que mi paladar no es nada del otro jueves, y que me gustaría que “narices” infinitamente más precisas que la mía hiciesen una cata “en serio”. Estas son sólo mis impresiones personales por si a alguien pueden interesar; así que entenderé perfectamente a quien deje de leer aquí y piense: “Ya está éste con sus chorradas”.

El primero, el Torontel, para mi modesto paladar fue el mejor; y es un digno compañero en igualdad de cualquier cordial que se pueda tomar en una sobremesa. Tiene aroma delicado, en el sentido de que no sospechas en la nariz que tiene 42º de “octanaje”, y se siente un agradable sabor y calorcito cuando llega al estómago. 
Bueno, de verdad.

El segundo, hecho con una variedad de uva llamada allí “Italia” (?) de la que nunca había oído hablar me resultó más suave aún, incluso flojito. Y con menos aroma agradable. 

Foto gracias a Héctor


No obstante, tiene su “aquél” y no se pierde nada probándolo; sobre todo teniendo en cuenta que lo estoy narrando yo.

El tercero, “Acholado”, se me antoja por su nombre el más popular allá, y consiste no en una mezcla de uvas sino de tres licores distintos como producto terminado; cada uno basado en uvas diferentes: “Italia”, Torontel” y “Quebranta” según porcentajes establecidos dependiendo del resultado que se quiera obtener.

Foto gracias a Héctor


Me pareció el más áspero en boca y sentí el “bombazo calórico estomacal” un buen rato hasta que se disiparon los efectos. La graduación es la misma, pero el efecto fue mucho más notable.

No tomamos el famoso “Pisco Sour”, el cóctel nacional; pues he de volver a decir que me parece demasiado dulce y no me va mucho.

Debo decir que, en resumen, me resultó el “Mosto Verde Torontel” un licor agradable y que ha merecido que se coloque en mi pequeño altar de “cosas a beber en sobremesa”. 

Os animo a probarlos y ya me diréis los que no tenéis el paladar de madera repujada como yo mismo cómo os ha ido la cata.

NOTA DEL AUTOR: Mi camarada Héctor tuvo a bien fotografiar las botellas para ilustrar el escrito como se hace en este blog, pero dada mi absoluta inutilidad en temas de informática no he sido capaz de incluirlas aquí. Mis respetos a su trabajo y mis disculpas por mi ineptitud.

(Esto va dedicado a Laura y Santiago, dos niños felices y maravillosos).

By Nacho 31/01/2016

Gracias a Hector por mandarnos las fotos, un fuerte abrazo amigo y a ver cuando compartimos momentos otra vez.

Partos de Nacho [18]: Gastronomía Legionaria

Estamos de enhorabuena pues Nacho nos deja un nuevo Parto así que aquí os lo dejamos, esperamos os guste:

Hace unos días terminé el libro sobre la Guerra de la Independencia sobre la que escribí mi anterior post, y nadie debe preocuparse: en el libro volvíamos a ganar al final a los franceses y la Historia permanece igual.
      Luego de un par de novelas policíacas, “negras”; he vuelto a la Historia y me estoy sumergiendo en la antigua Roma; especialmente en su herramienta implacable de conquista y colonización: la Legión Romana.
      Como de costumbre, intento evitar los simples relatos de batallas, emperadores y gladiadores y me centro en el día a día del ejército romano, en quienes eran y cómo vivían; y he llegado a la conclusión que eran gente muy, muy dura; sacrificada y brutal en muchas ocasiones. Tal vez los mejores soldados de la Historia.
      El autor de uno de los artículos del libro es Roberto Pastrana que, a parte de más disciplinas que domina, es un apasionado de la vida cotidiana en la antigua Roma y un “recreacionista” de la época.
      Los legionarios eran muy brutos, dije, y para muestra un botón: en Agosto de 357 un general llamado Juliano se puso al frente de 15.000 legionarios para intentar derrotar a los alamanes en  la Galia.
      El ejército romano avanzó desde antes del amanecer y marchó durante 30 Km. bajo un sol de justicia hasta que avistó al enemigo cerca de la actual Estrasburgo. El ejército está agotado, pero Juliano comprende que ha sorprendido a los alamanes y que a la ocasión la pintan calva; así que ordena atacar y obtiene poco después una victoria 
      ¿Cómo lo hicieron?. Luchar una batalla tras una marcha forzada bajo el Sol de 30 Km. no es poca cosa,  mas cargando con la impedimenta militar; y teniendo en cuenta que los legionarios comían dos veces al día (almuerzo y cena), que está calculado que consumían al día mas de 5.000 Kilocalorías y que su dieta principal consistía en pan, aceite, algo de carne, queso y, agua con algo de vino y los vegetales y legumbres que pudiesen encontrar.
      Pues lo hicieron, y no solo fue esa vez ni mucho menos. Gente dura; muy dura.
      Tras el magnífico artículo de  don Roberto Pastrana, ofrece al lector una receta legionaria de uno de los “menús” favoritos de aquella tropa, supongo que por si alguien se atreve a guisarla, comerla, cargar con más de 25Kg. de peso, marchar 30 Km. y después combatir un buen rato con bárbaros sedientos de sangre. Yo no pienso hacerlo, naturalmente, mi seguro no incluye suicidios masoquistas.
      Se trata de la “PULS FABATA”, unas gachas de trigo o cebada con alubias que mostró un tal Junkelmann (que debe saber mucho de esto) sobre un texto de Plinio el Viejo:

INGREDIENTES (para 4 personas):

250 gr. de trigo o cebada. Si no hay disponible utilizar sémola de trigo duro.
120 gr. de alubias o habas secas (en remojo previamente).
20 gr de tocino.
1 cebolla.
Agua, aceite, vinagre y sal.

PREPARACIÓN:

Calentar una olla con aceite, añadir la cebolla y el tocino troceados y rehogar. 
Añadir el trigo y rehogar. Verter algo de agua y las alubias.
Remover y echar más agua si fuese necesario.
La consistencia deseada es la de una papilla o puré parecida a la actual 
“ZUPPA DI FARRO” de la Toscana.
Sazonar con vinagre y sal y probar antes de retirar del fuego. Regar con un 
poco de aceite antes de servir.
Se pueden utilizar otros ingredientes como zanahoria y/o ajo.
(Markus Junkelmann
“Punis militaris. Die Ernärungdes römischen soldaten oder der Grundstoff 
der Match”)
    
  Lo dicho: gente dura.

By Nacho 17/01/2016

Partos de Nacho [17]: Sopa de Huesos

Ya echábamos de menos una de estas entradas del genial Nacho, aquí os dejamos una receta muy especial:

Receta decimonónica

En estas fechas dadas a la subida estratosférica del colesterol y los triglicéridos debido a los fastuosos abusos a las que somos tan aficionados (y que no nos falte), estoy disfrutando de un libro sobre la Guerra de la Independencia 1808-1814 que me está pareciendo muy interesante, ya que no solo cuenta las batallitas sino que habla de la forma de vida de militares y civiles en la época.

Haciendo la eterna digestión de todo lo que me he metido y suponiendo lo que a esta fecha (27/12) aún me falta por meter, he dado con un capítulo que habla no ya de las necesidades alimenticias de los ejércitos enfrentados, españoles, ingleses y portugueses por un lado y franceses y sus aliados por otra; sino e las tremendas hambrunas que pasaron todos combatiendo años sobre una tierra improductiva por el abandono y sin rutas de abastecimiento.

Así he encontrado esta receta de campaña para uso de sargentos y “cavos” (sic) editada en la única parte de España que no llegó a ocupar Napoleón, Cádiz; y que dice bien a las claras que todo se puede usar para comer y que “a buen hambre no hay pan duro”

He respetado el castellano en que está escrita, pues creo que le da un toque mas auténtico.
Felices fiestas a todos y, cuando estéis ante una mesa colmada, recordad a esa pobre gente de tropa.

Sopa de huesos

Si en un sitio de Plaza u otro paraje donde escasean los alimentos se quiere sacar partido de los huesos, se podrá usar el método siguiente:
Se ponen los huesos y se los machaca en un mortero destinado a ese objeto, quando están hechos pasta, se extiende en una cacerola de oja de lata como las espumaderas, la que se llama diafragma.
Se mete en una olla llena de agua y se pone a hervir como para azer la comida ordinaria: una libra de huesos cocido en ocho cuartillos de agua, es decir la medida para quatro libras de carne.
Da después de seis oras de cocer a medio hervor cerca de siete quartillos de caldo, y deja media libra de suco alimenticio que dan los huesos. Este caldo quando se enfría deja dos onzas de grasa que se puede emplear en la cocción de legumbres.
El peso de los huesos cocidos disminuye una mitad y el caldo que produce es igual a quatro libras de carne
“Instrucción para sargentos y cavos de la Infantería”, publicado en Isla del León, Cádiz 1813

Déjame que te cuente Limeña: Pate (III) por Nacho

Pues maravillosamente, Nacho no trae la tercera parte de «Déjame que te cuente Limeña III» el dice que será la última parte, nosotros esperamos poder liarle para que nos cuente alguna experiencia más, entre tanto, disfrutemos con su texto:

Déjame que te cuente, limeña” (y 3)

     El segundo se encuentra ubicado en un local de solera, y conserva su viejo nombre: “La Cueva”, en la calle Cisneros.
      Me lo aconsejó Mil, una encantadora y preciosa jovencita a cuya madre vi llevar comida al pub donde trabaja una vez pues no había tenido tiempo de desayunar ese día; y que consistía en media docena de plátanos, un litro de zumo de naranja recién exprimida y un gran bocadillo de jamón serrano. Un “pequeño tentempié” que le duró tres días a pesar de los ruegos de su madre de que “lo comiese todo”. Así son los peruanos -y “las madres de peruanos”- en lo de comer.
      El encanto del local es una gruta artificial donde se encuentran las mesas, un antiguo refugio contra los bombardeos nazis durante la guerra civil. Afortunadamente no le han reformado ninguno de sus propietarios a lo largo del tiempo lo mas mínimo y conserva intacto su atractivo (a algunos conocidos les da claustrofobia, pero a mi me encanta, para gustos…).
      Lo lleva la familia Martínez, de Lima, siendo Eduardo el encargado de la cocina. Cierra los lunes y allí seréis atendidos por unas amables jovencitas que os explicarán los ingredientes y secretos de cada plato.
      Una de ellas, Daysi, fue la que me contó eso de que “a veces los peruanos comemos por comer” que me explicó lo de la superabundancia de las raciones en tres segundos.
      Si os gusta el pescado podéis degustar desde la JALEA, que consiste en una dorada cortada en tiras y rebozada servida con lima y yuca frita, hasta la PERCA SALTADA que es ese pescado marinado en cítrico con una salsa a base de mahonesa ligera con ajo y comino; pasando por el buen CEBICHE; la LECHE DE TIGRE (si, yo también puse cara rara) que consiste en trocitos del pescado con el que se hace el cebiche con su blanquecino jugo de marinado incluido al que vi añadir a una mujer salsa picante como si no hubiese un mañana; o la PARIHUELA (si, el nombre se las trae), una dorada con una salsa muy rica con gambas, mejillones, cangrejo y magano.
      La carne está sobre todo representada por pollo asado (le encanta y se sirven cantidad de raciones), lomo de cerdo y los curiosos ANTICUCHOS, brochetas de corazón de res a la parrilla servidos con salsa mahonesa con ajo y  un toque de mostaza y patatas cocidas.
      Claro, quien habla de Perú necesariamente habla de patatas, pues fueron ellos quienes nos las regalaron al resto de la Humanidad y literalmente quitaron el hambre a muchas generaciones de europeos. 
      Me contaron que es una pena que aquí no se puedan hacer con las mil y una variedades de ellas que existen allá (en realidad creo que son unas cuarenta), pero se defienden bien con las “delicias de Valderredible” y también se consumen en cantidad.
      Os recomiendo la CAUSA RELLENA, patata prensada que cubre a capas bien atún o pollo. Muy buena.
      De picantes entienden mucho, y personalmente os recomiendo el AJÍ, una salsa que en mi casa ha desbancado a los “Tabascos” que me han acompañado durante décadas pues me parece mucho más sabrosa y, para los más valientes, el ROCOTO. Precaución con él: quema.
      No soy de postres, pero me dijeron que los hacen en el propio local y que se especializan en PAI DE LIMÓN, una especie de dulce a base de limón y clara de huevo.
      En resumen, si tenéis un día gastronómicamente un poco exótico os recomiendo estos dos locales en los que los tragones encontraréis el Paraíso Terrenal y el resto disfrutamos de unos platos ricos de verdad servidos con verdadero cariño por una gente muy amistosa y cordial. 
      Bon appetit!.
NOTA: Si existe algún error en la descripción de los platos se debe a que mi paladar            estaba desafinado en ese momento (como en muchos otros) y nunca al hacer de los cocineros. Tal vez ingredientes se hayan quedado en el tintero y puedan existir pequeños errores el la confección de los platos. Uno no es profesional de esto. Gracias.
By Nacho.

Déjame que te cuente Limeña: Pate (II) por Nacho

Bueno queridos amigos, hemos tenido suerte y Nacho nos trae su segunda parte de «Déjame que te cuente Limeña» Sus visitas a restaurantes Peruanos en Santander. Como digo un placer leerle, de verdad merece la pena:

“Déjame que te cuente, limeña” (2)

      He de decir en principio que los restaurantes de los que os voy a hablar, al ser de cocina tradicional, comparten algunos platos en sus cartas; e intentaré explicarlos sin que ello signifique necesariamente que en uno me gustase más que en el otro, sino porque no quiero repetirme en las descripciones.
      El primero que visité en orden cronológico fue “La Mar Brava”, sito en la calle Ramón Sanz de Adana y con la familia Chumpitaz como propietaria. Gente de El Callao, así que de pescado saben.
      El local es pequeño y se nota a todas luces que fue un bar de barrio, e incluso no excesivamente bien tratado. Y un tanto difícil de localizar de primeras.
      Daniel, el cocinero, es una persona sumamente agradable y competente en los fogones, y se está aplicando en reformarlo al tiempo que da de comer a un montón de gente. También supimos después que es un consumado bailarín de danzas tradicionales de su país, y varios títulos de “campeón de baile” adornan una de las columnas del local.
      No está de más reservar mesa en el tfn. 942 140 631 por si las flys, sobre todo los fines de semana y las “horas punta”, aunque da de comer a todas horas desde la una del mediodía.
      Probablemente os atienda Laura, su esposa, que se encarga de las mesas y la barra y os explicará en qué consisten los platos.
      Allá que me presenté la primera vez para mi bautismo gastronómico peruano con dos amigos con el fin de invitarles, pues por esas fechas la Tierra dio otra vuelta completa sobre su elipse y se conmemoró la fecha que yo denomino “Otro Clavo en mi Ataúd” y que otros llaman “Cumpleaños”.
      Dada nuestra ignorancia dijimos a Laura que nos diese de comer como quisiera, y rápidamente nos preguntó: “¿Tienen hambre?”.
      La verdad es que si había, y respondimos afirmativamente y muy contentos. Error.
      Ya expliqué en la entrada anterior que las raciones son de tipo “3XL”, y cuando nos sirvieron los primeros nos dimos cuenta de que no saldríamos fácilmente de allí.
      Compartimos las raciones, y de primeras nos llegó lo que se puede considerar un plato-degustación: una RONDA MARINA, compuesta por una ración de CEBICHE (o “CEVICHE”, en eso no se ponen de acuerdo), del (no “la”) CHAUFA, un riquísimo arroz suelto perfumado y con un sabroso toque cítrico y sus “tropiezos” y LOMO SALTADO, tiras de lomo de cerdo asado con patatas fritas y un huevo frito coronándolo todo.
      Otro plato también clásico es el llamado AEROPUERTO, donde también se nota la influencia de gastronomía de la numerosa emigración china y japonesa a Perú. Son productos típicamente de cocina oriental al gusto peruano, que incluye rebozados que recuerdan la tempura.
      Se compone de un totum revolutum de arroz, fideo chino, pechuga de pollo y cerdo fritos y tortilla francesa troceada. Muy bueno.
      Acompañamos la comida con cerveza “Cusqueña” en sus dos variedades, rubia y negra, y no me pareció gran cosa ninguna de las dos. Demasiado dulces y flojas.
      Daniel, el cocinero y propietario, salió a contemplar nuestra derrota, y exclamó: “¡Venció Perú!”. Reímos.
      Saciados y satisfechos hablamos un rato con él y nos dijo algo que yo había oído por ahí y es que la cocina peruana se está poniendo de moda en el Viejo Continente, y que su representante más conocido es Gastón Acurio, que triunfa en Madrid y en Europa y al que incluso quisieron proponer para Presidente del Gobierno peruano –no me extrañó demasiado, recordé al nuestro y…- que le proporcionó una anécdota sin querer: el mismísimo Acurio le felicitó en un tweet en su inauguración (y creo que no suele hacerlo), y desde entonces el bueno de Daniel tiene centenares de “seguidores” por todos lugares.
      La segunda vez fui solo, y me pedí un CEBICHE MIXTO de entrada. Fabuloso.
      Perdón, ¿dije “fabuloso”?. Pues no, FA-BU-LO-SO es más exacto.
      Servido en una especie de “navío de loza” sobre conchas marinas con patata cocida y dos clases de maíz y un vaso de “chupito” con el líquido del marinado. Juro por Odín que no he comido cosa igual. Y conste que me gusta el pescado de siempre y lo como con frecuencia.
      Tuve la suerte de que me acompañase en la mesa mientras comía él mismo y solo diré que hablar fue un placer y me enseñó cosas absolutamente desconocidas para mi, y calificó a su local como un con una expresión peruana que dice mucho: “WARIQUE”, que viene a significar “local semi-escondido y bueno”. Ya os dije que es incluso un tanto difícil de encontrar.
      De segundo (uno no escarmienta) me fue servido un magnífico POLLO ASADO con YUCA FRITA y ENSALADA; con una salsa de mahonesa ligera y otra de ají suave; pollo que el mismo Daniel macera previamente en un preparado absolutamente secreto y confidencial que según me contó solo pasará a sus hijos, María Laura y el pequeño y simpático Santiago.
      Excelente y muy recomendable. Sin más ni menos.
      Curioseando por allí pude ver lo que sirven como raciones para picar o entrantes, y me entre todos me llamaron la atención los TAMALITOS, que consisten en una masa de maíz (CHOCLO) rellena de carne, cerdo, pescado o pollo con huevo, ají y cacahuete, servido atado en una hoja de plátano enrollada. Otra vez será.
      Respecto a los postres –que decididamente no son lo mío- me llamaron la atención los caseros, entre los que se encuentra el SUSPIRO A LA LIMEÑA, una especie de dulce de leche o crema catalana con merengue cubriéndolo y flambeado posteriormente; y el ARROZ CON LECHE Y MAZAMORRA MORADA, el típico arroz con un budín de piña y manzana.
      También tiene una pequeña carta de cócteles basados en el licor nacional, el PISCO, pero decididamente tampoco es lo mío.
      En mi opinión merece mucho la pena conocerlo y degustar sus platos; y conste que no me une ningún tipo de relación familiar ni de negocios con ellos. Eso si, mi amistad la tienen, pero por méritos propios: son encantadores y muy amables.
      Me queda un tanto lejos, pero volveré pronto. Vaya si volveré.

By Nacho.

     
     

Déjame que te cuente Limeña Parte (I) por Nacho

Pues bien, por fin de un motón de e-mail, ruegos y demás empujones, nuestro amigo Nacho se anima a escribir una vez más para nosotros. Eso sí, esta vez no es un parto de los suyos, sino sus sensaciones de los restaurantes peruanos que se encuentran en Santander y que él conoce, así que sin más allá vamos:

“Déjame que te cuente, limeña…” (I)

      Tengo un gran amigo muy viajero, se llama José. Un amigo de esos tan excelentes que, en realidad, nunca llegas a saber por qué sigue siendo tu próximo durante tanto tiempo y de los que te suben la moral, pues te hacen pensar que algo bueno tendrás cuando alguien como él te sigue queriendo año tras año y década tras década.
      Él me inició en la comida vietnamita, por ejemplo, que también adoro. Él estuvo allí y en nuestros viajes por Francia – yo jamás me alejé tanto- siempre buscaba y me enseñó a buscar restaurantes anamitas y tonkineses que le recordaban un país que le fascinó como ninguno y que me enseño a querer en la distancia.
      También es de los míos. De los que afirmamos que “donde fueres, haz lo que vieres” y no se echa atrás cuando es invitado en algún país a participar en algo propio de allí, aunque supongo que no haya practicado el canibalismo ni espero que se haya afiliado ni siquiera temporalmente al Ku-Klux-Klan o al Estado Islámico.
      Se dio una larga vuelta por Perú, Ecuador y otros países sudamericanos, y siempre me dijo: “Conociéndote, a ti el cebiche te va a encantar…”. Pasaron años hasta que pude confirmarlo, pero de nuevo tenía razón. Y no solo el cebiche.
      Dado que mi época viajera terminó hace mucho y me temo que he echado sólidas raíces aquí, he tenido que esperar a conocer a inmigrantes para conocer su forma de ser y de vida que, aunque mediatizada por su llegada, conserva mucho de sus países de origen.
      Soy declaradamente “xenófilo”, y siempre miro –al menos de entrada- con simpatía a cualquier extranjero que se cruza en mi camino y también siempre procuro facilitarles las cosas; lo que me ha llevado a poder presumir de que he hecho amistades de todas las razas y de todos los continentes. Y de entre todos ellos unos de mis favoritos vienen de Perú.
      No voy a hablar aquí de otras cosas que de su gastronomía, pero me parecen muy buena gente y encantadores para conocer, invitar y charlar.
      Fruto de esas charlas puedo afirmar que conozco a tres mujeres limeñas que viven aquí, y de las que he aprendido mucho de muchas cosas; y de su comida… ¡Bueno!.
      Ellas me han contado qué restaurantes peruanos merecen la pena y cuáles no tanto de los 12 (¡doce!, yo tampoco lo imaginaba) que hay en Santander; y han hecho que me declare “fan incondicional” de su platos.
      Conozco solo dos. Se que no es mucho, pero según me contaron son los más cercanos  y significativos a la comida habitual de allá.
      Si esperas modernidades y “ferraadriádas” mejor no vayas. Sirven exclusivamente comida honrada, sabrosa y popular hecha y servida con cariño; y te hacen afirmarte en que volverás.
      Los nombres de los platos son curiosos y extraños, e indican poco o nada al no iniciado de lo que se componen a pesar de todas las indicaciones que mis amigas me dieron; pero tened la seguridad de que seréis atendidos con algo más que amabilidad y os explicarán todo con detalle y con el orgullo de lo hecho con cariño y profesionalidad.
      No son caros en modo alguno y –muy, pero que muy importante- , tened cuidado con los nombres sugerentes y extraños: se refieren a cantidades ingentes de comida por ración.
Y lo digo muy en serio. Hasta el punto de preguntar a una amable chica que nos sirvió en uno de ellos si habían considerado poner medias raciones (tampoco estaría mal el pensar en “1/3 de ración” dadas las cantidades), a lo que nos respondió que sus clientes peruanos se sentirían poco menos que ofendidos si las cantidades no fuesen las servidas, y añadió: “A veces en Perú comemos por comer…”.
      Esto me hizo elaborar una teoría sobre la marcha tras ver la cantidad de sabrosa comida que quedó en ambos casos, y que se me formuló así: “Sin duda los descubridores del Virreinato del Perú fueron extremeños y andaluces, pero no me cabe duda de que sus colonizadores fueron vascos. Concretamente del mismísimo centro de Bilbao”.
      Si. Les gusta la comida a los peruanos.
 (En una segunda entrada escribiré sobre los dos restaurantes visitados. Por favor, dadme tiempo pues voy a volver a probar más platos. Gracias).
     
     

Partos de Nacho [13] Aquel Pequeñajo pálido

Es una suerte recibir los Partos de Nacho. Unos cuantos de ellos impublicables, dado que él no quiere, pero que sería un lujo que vosotros pudiérais leer, pues forman parte de nuestra historia y de la historia de este BotinBurgo. Pero disfrutemos de este Parto, de hace ya unos cuantos años, de aquella época en la que creamos La Cofradía del Buen Comer Et Beber. Cuando la Guinnes se podía beber, cuando empezábamos a hablar de Carpe Diem, y cuando Un Pez Llamdo Wanda, hacía que nos partiéramos de risa después de alguna que otra botella de vino.
Espero disfrutéis con su lectura tanto como yo lo hice:

Aquél pequeñajo pálido

(A Carmen, fan del pequeñajo, que se marcha a Chile a reiniciar su vida. ¡Buena suerte, valiente!)

       Hace años y por un tiempo puedo decir que viví en una taberna en Torrelavega. 
      Trabajaba en Santander, pero en cuanto llegaba el viernes liberador cogía un tren a esa ciudad que, tras muchas horas de todo, me devolvía a mi casa el domingo por la noche para volver a empezar el círculo.
      Aquella taberna llegó a ser muy famosa en aquellos tiempos. Se llamaba “El Ave Turuta”, y durante unos ocho años fue en lugar de encuentro de las tribus más variopintas y de todo tipo de gente como no he visto jamás ni creo que vuelva a ver en mi vida. Tanto es así que a veces pienso que ni siquiera existió, que fue una alucinación colectiva. Una hermosa alucinación en cualquier caso.
      Ya no está. Ni siquiera existe el edificio que la albergaba, así que eso de pensar que en realidad jamás pasó todo aquello se hace casi real.
      La fundaron y la llevaban cuatro amigos del mundo del folk de por aquí y, en tiempos en los que el Internet era aún una quimera, consiguió ser conocida y famosa en casi toda España y parte del extranjero mediante el boca a oído.
      A veces, cuando el gentío que allí abrevaba hacía que no se diera abasto, aproximadamente de nueve a doce me metía en la barra y me dedicaba a “tirar” cervezas de barril, y descubrí que me gustaba hacerlo por que la intentaba servir  lo mejor posible. Respetaba los tiempos y tenía en ocasiones que enseñar el colmillo a clientes apresurados. “Si no te gusta la cerveza, ¿por qué la pides?. Bebe ridícula cerveza española. O vino, que es mucho más rápido”, solía decir a los bebedores vertiginosos.
      Un viernes de comienzos de los noventa del siglo pasado, a eso de las 7 de la tarde estaba con Miguel terminando los botelleros y limpiado antes de abrir cuando golpearon la puerta. Fui a abrirla y me encontré con dos tipos impecablemente trajeados que me pidieron permiso para entrar muy educadamente. Miré a Miguel y asintió, así que les franqueé el paso tras advertirles que aún estaba cerrado. “No importa, mejor” respondió uno.
      “¿Polis?”, me susurró al oído Miguel. “No creo”, le respondí. “Demasiado elegantes”.
      Tras inspeccionar un momento la taberna, uno dijo: “Bueno, para las doce necesito el patio cerrado y aislado, pues Sabina quiere venir a beber aquí después del concierto”.
      Me quedé perplejo. Miguel le pidió que repitiera lo que acababa de decir, pues tampoco daba crédito. Acababan de tomar posesión del bar dos desconocidos, y lo hicieron con tanta seguridad que se notaba que no era la primera vez que lo hacían.
      A pesar de sus consejos y “amenacitas” de dar al bar una cierta mala prensa, pues don Joaquín era muy querido y respetado por las “masas”, fueron invitados a salir con educada firmeza. “Este bar tiene su clientela, y lo que piden no se hará”, les dijo Miguel a título de despedida. “Manda carallo”, le dije. Nos echamos a reír.
      La tarde fue como la de cualquier otro día, y a eso de las diez y media dejé mi oficio de maestro tirador y me dediqué a lo que mejor se me da con la cerveza: beberla.
      Estaba con la tercera o cuarte pinta de Guinness enfrascado en alguna de aquellas conversaciones cuando el bar se volvió a llenar de repente. Resulta que el concierto de don Joaquín acababa de terminar y los asistentes se desparramaban por los bares tarareando lo recién oído. Ellos con cara de contento. Ellas como groupies treintaañeras, con ojos soñadores y aspecto de “nirvana” del que no querían descender.
      Alguna me pidió que cambiásemos la música y pusiésemos al maestro. A alguna la dije que “no teníamos de eso” y que no queríamos “sobredosis de poesía en la taberna”.
¿Decepción?. ¡Qué penita más grande!.
      Y entonces ocurrió. Gritos superaron el volumen de la música y, afortunadamente, se hizo un pasillo de admiración entre el gentío y entro “ÉL”. Al menos se limitaron a grititos y no le arrancaron la ropa. Tampoco le tiraron con la ropa interior, y esto si que lo consideré una lástima.
      Mido un metro y setenta y cinco centímetros, y la barra tenía una tarima que nos hacía dominar el paisaje, pero me pareció un auténtico enano aún para los estándares clásicos habituales.
      Decir “pálido” es poco. Blanco como el papel y con rostro cansado y enfermizo. Y escuchimizado, me pareció muy poca cosa.
      Hace tiempo me contaron que le dio un ictus y ha dejado de ser un politoxicómano, pero aquél día llevaba “puesto” de todo. Hubiese apostado cualquier cosa.
      Apenas le oí cuando me dijo con su voz cascada y aguardentosa: “Una botella de fourroses y cuatro vasos” sin siquiera mirarme. Con demasiada displicencia.
      No soy especialmente quisquilloso, pero el incidente de la tarde con sus acólitos y esa especie de desprecio que tal vez quise sentir más que sentí me hicieron responderle: “¿Llevas dinero?”.
      Entonces si me miró. Confuso. Muy confuso. No estaba acostumbrado a esa pregunta. Durante un momento no supo qué decir y uno de sus ayudantes salió al quite y me dijo muy serio con cara de pocos amigos:”¡Claro que sí, joder!”,  aunque con eso quería decir esa frase tan española: “No sabes con quién estás hablando”.
      Puse la misma sonrisa que imaginé en el rostro del valeroso soldado Schwejk y respondí: “Espera un momento… ¡Miguel!, ¿vendemos whisky por botellas?”.
      “Si, hombre. Véndesela”, me respondió con otro grito que superó al ruido ambiente. Sonreía. Sentía lo mismo que yo.
      El pequeñazo pálido cogió la botella y su acólito la pagó inmediatamente y se llevó los vasos. Encontraron una mesa y me desentendí de ellos.
      Al instante, un millón de esas groupies treintaañeras me saturó a preguntas. “¿Qué te ha dicho?. ¿Qué ha pedido?. ¿Cómo es en persona?. ¡Has hablado con ÉL!”. Grititos y pupilas dilatadas. Caras de éxtasis.
      Para redondear mi faena, les dije con la mejor cara de bobo que se poner: “¿Quién es?. ¿En qué equipo juega?. Es que yo, de fútbol… muy poquito…”. Se quedaron de piedra, no podían entender que no conociese al Gran Joaquín ni compartiese su éxtasis colectivo.
      Soy más de Javier Krahe, por supuesto. Pero las canciones de Sabina suelen ser muy buenas y, naturalmente, le conocía a la perfección. El “problema” es que distingo perfectamente entre cantante y persona.
      Ni que decir tiene que, cuando se fueron, no encontramos ni rastro de la botella ni de los vasos. Adornarán el cuarto de alguna de esas mujeres-adolescentes. Pero lo mejor fue cuando impedimos que cuatro de ellas… ¡se intentasen llevar el banco donde había estado sentado! (sic). Miguel las dijo que a dónde iban con eso. Solo le respondieron con risitas histéricas. Ni siquiera sabían lo que hacían, y no parecían demasiado borrachas.
      ¡En fin!. Qué vamos a hacer…
By Nacho 18/03/2014

Partos de Nacho [12]: El Telefonillo

Por fin después de muchas cartas no publicables, Nacho me dice que sí a poner una en este blog. Sé que no va de gastronomía, pero sí que cuenta cosas de esta Región, desde un punto de vista de la calle y muy cercano. Seguro a más de uno le ha pasado algo como esto que hoy nos cuenta Nacho.

El telefonillo de los eggs
 (A Sulma, que se acaba de gastar una suma escandalosa de dinero en uno megamoderno e hiperútil. Has hecho bien, preciosa. De lo tuyo gastas.
Y a Carlos, que ayer mismo perdió uno si no igual si muy parecido y hoy tenía cara de cadáver por ello.)
      De todos los artilugios técnicos con que el ser humano se ha dotado y se dota pera su progreso personal y social, y que terminan resultando bien al contrario cargas brutales para su calidad y esperanza vitales mientras colman esa extraña e ilógica en el Reino Animal sed autodestructiva que posee; el teléfono celular móvil es sin duda uno de los peores.
      Cuando te haces de uno, y los tiempos han conseguido que sea poco menos que imprescindible, te pones a merced de una legión de botarates que pueden interrumpir con cualquier memez una actividad o un merecido descanso; y llegas a sufrir apoplejías intentando cortar la comunicación con aquellos que gozan de no parar de hablar a través de una maquinita en lugar de usarla como el sentido común dice: para cuestiones de suficiente urgencia de imprescindible brevedad en el mensaje. Yo mismo he visto con mis propios ojos como una señora entrada en años y en carnes avisaba a una amiga, vecina o familiar que la merluza estaba 40 cts. mas barata en el supermercado en el que estábamos que en no se dónde, gastando en la llamada bastante más de 40 cts. con toda seguridad.
      Pero, ¿qué ocurre cuando te das cuenta que lo has olvidado en casa al cabo de un rato de abandonarla?. La sensación es muy parecida a la que debes sentir habiendo salido sin pantalones.
      ¿Y qué pasa cuando el que tienes deja de funcionar?. Robinson Crusoe se te asemeja a un asistente a un concierto de los Rolling Stones en el centro de la masa vociferante en comparación con tu propia sensación de soledad y aislamiento.
      Esto me ha pasado a mi hace pocas semanas cuando el mío, un pesado, anticuado y sumamente fiable “Nokia” falleció de muerte natural tras más de 10 años de magnífico servicio.
      Debo explicar que la situación no me hubiese parecido tan desesperada si no estuviese intentando reconstruir lo que un día fue mi casa encontrándome en manos de  arquitecto, carpinteros, electricistas y constructores en general, pero la sensación de estar absolutamente inerme fue total.
      Mi hermano se ha comprado uno de esos que hacen todo, desde freír un huevo a dejarte ver la tele, y me cedió amablemente el que usaba hasta entonces. Y ahí comenzó mi calvario.
      Resulta que debía “liberarlo”, como si estuviese sometido a la esclavitud de su anterior dueño, antes de poder activarlo a mi servicio; y me hablaron de una tienda especializada en la Acera del Correo donde estaban especializados en ello.
      Era miércoles y allí me presenté. Bueno, es un decir. La tienda es tan pequeña que en comparación con cualquier lugar comercial al uso una caja de cerillas te puede parecer un portaaviones; y solo pueden acceder a ella dos clientes a la vez, el resto debe permanecer formando una más o menos ordenada fila en la mismísima calle. Llovía, como no podía ser de otra manera. Cuando menos lo necesitas es cuando aparece Murphy con su Ley. Y hacía el turno tercero, una pareja dentro y cuatro jovencitas delante. Empezábamos bien.
      Debe ser complicadísimo “liberar” o lo que diablos estuviesen haciendo, pues las chicas –tres de ellas, la otra no cabía y pugnaba por mirar empujando a sus amigas- no entraron hasta unos diez minutos después. Avancé un turno más, las chicas hablaban todas  a la vez. Seguía lloviendo. Magnífico.
      Un cuarto de hora después conseguí acceder al interior de la tiendecita, pero creo que mi nuca quedó fuera. Detrás de mí tres clientes aguardaban su turno y me miraban con una mezcla de envidia y odio pensando en lo que les quedaba de aguardar bajo la lluvia, y en lo que iban a tardar en arreglar mi asunto. Se equivocaron en sus augurios si eran negativos, tardaron lo que se tarda en decir “no” cuando vieron el modelo de celular que les mostré y cuando respondí “Yoigo” a la pregunta sobre la compañía que esclavizaba el telefonillo.
      Resulta que al parecer manipular ese tipo de celular es complicadísimo, y se negaron siquiera a intentarlo. La parte delantera de mi cuerpo volvió a la lluvia y la vena del odio comenzó a latir en mi sien.
      Llamé a mi hermano, y me dijo que le habían comentado que existía algo así como  un lugar para desahuciados en la calle Castilla. La última opción para los telefonillos enfermos terminales que otros “doctores” ni siquiera miraban dándoles por muertos de antemano. Lo llevaba una mujer, rusa para más señas, y era algo así como una hechicera de la tecnología, así que no perdía nada intentándolo. Tenía un compromiso, así que hube de dejarlo para el jueves por la mañana, mientras estaba convencido de que carpinteros y electricistas me llamaban continuamente a un teléfono muerto ofreciéndome citas para trabajar en mi casa “mañana mismo a primera hora”.
      A las ocho y media en punto estaba leyendo el cartel de la puerta de la tienda de la rusa que informaba de que abrían a las diez. Bravo. Hacía mucho tiempo que no visitaba la zona Castilla/La Hermida, así que me preparé para un largo paseo por allí. Al menos no llovía.
      Hora y media exacta después, cuando me planté en la puerta, podría haber hecho un mapa detallado de dónde estaban tiradas las colillas, envoltorios y restos de chicles pisados en esas calles y sus trasversales, y aún así había un cliente dentro. ¿Cómo lo hizo?, no lo se. Tal vez vivía allí.
      Pronto la mujer me atendió, y torció el gesto al ver el móvil. “Empezamos bien” –pensé- “a que tampoco…”.
     Pues no, la rusa dijo que lo haría. Que era complicado, que requería cierta tecnología que ella tenía y que me costaría 15 euracos la broma en lugar de los 6 habituales. Me sentí como el conocido y riquísimo capo mafioso Don Emilione Bottini cuando la respondí que el dinero no importaba, sino la rapidez en la entrega, pues me era imprescindible en esos momentos.
      Amablemente me cedió mientras se ocupaba del titular un telefonillo suplente al que puso mi tarjeta-chip. Uno de esos plegables que yo llamo “de almeja” y que me aseguró era de sencillo manejo. Me despedí del mío con un esperanzador “hasta mañana”, salí y me dispuse ha hacer mis primeras llamadas al arquitecto.
      Huelga decir que fui incapaz de hacerlo, volví sobre mis pasos con la vena del odio latiendo y avergonzado de mi propia ineptitud con la tecnología punta… que llevaba unos 10 años anticuada.
      La rusa me informó de que no era tanto culpa mía como de que era un aparato que prestaba a sus clientes mientras arreglaba el suyo propio, y que cada usuario le “metía cosas raras”, signifique esto lo que signifique. La respondí que pasaba olímpicamente de tener otro telefonillo y que por un día podía esperar. Por mi salud mental más que nada.
      El viernes me presenté a las diez menos algo y fui el primero… en enterarme que aún no estaba dispuesto el arreglo. “Ven a última hora de la mañana”, me dijo la rusa.
      A la una y media supe que tampoco estaba hecho, mi vena del odio no dejaba de latir y decidí dejarlo para el día siguiente. Sábado. Después de todo el sábado es un día inhábil para trabajos domésticos y ya me importaba un pimiento lo que pudiese suceder con mis constructores.
      El sábado me presenté allí a las diez en punto, para leer en el cartel de la puerta que abría a las diez y media. ¿Murphy?. Algo tuvo que ver en ello, seguro, pero el culpable fui yo al no leer la letra pequeña.
      Pasé de elaborar otro preciso mapa de la calle Castilla y la colocación exacta de los detritus  en sus aceras y me metí en el bar “Español” de la plaza de las Estaciones a darme a la cafeína. Volvía a llover.
      La cara de la rusa era un poema cuando entré media hora después. “Lo siento, no se qué ha podido pasar, pero aún no está liberado”. Me eché a reír. Ya me daba igual todo, vena del odio incluida.
      El lunes estaba hecho. El lunes. Cuatro días de espera.
      Pagué los 15 euros de vellón y encontré cinco llamadas perdidas, pero todas de mis tías. Me habían intentado llamar para recordarme que debía reservar mesa para las comidas de Navidad y Año Nuevo, cuando saben positivamente que es la única reserva fija en esos dos días en el hotel donde celebramos que seguimos vivos otro año más, y van doce.
      En fin, ya estoy otra vez encendido y dentro de cobertura.

By Nacho 31/01/2014

Partos de Nacho [11]: La Religión

Por fín un nuevo parto de Nacho, el número 11, este no tiene nada que ver con gastronomía, bebercio o demás, pero tiene un punto verdaderamente interesante espero os guste:

Con las religiones hemos topado

Eran las cuatro y algo de la tarde. Acababa de comer unos mejillones en vinagreta que me habían gustado mucho y antes de subir a casa me senté a fumar sentado en un banco en la calle Burgos para aprovechar el solecito vespertino.
   Esta vez no me pilló por sorpresa, la vi venir desde distancia suficiente como para prevenirme. La señora me tendió con el por mi tan conocido gesto brusco un panfletillo en el que destacaba un amenazador “¿Cuáles son tus problemas?”, seguido por unas casillas para colocar la consabida cruz ante palabras en mayúscula como “inseguridad”, “ira”, “angustia”… y que terminaba con un “Jesús te salvará”.
   La contesté apartando el papel que yo no tenía el menor problema de esos, a lo que repuso que no PODÍA rechazar a Jesucristo. Respondí que yo era bastante ateo con un poquitín de sorna. Ella se irguió sobre sus talones, levantó el brazo derecho con el índice de la mano apuntando sin querer a una gaviota que volaba sobre la plaza indiferente al sic anatema que me cayó acto seguido y casi me gritó: “¡AY DE AQUÉL…!, ¡¡¡AY DE AQUÉL!!!…”. No la di tiempo a más. La miré fijamente y respondí. “Tenga cuidado, señora. La va a dar algo malo”.
   Mi enemiga habitual se giró gruñendo y se alejó refunfuñando en busca de otro incauto descreído al que salvar. Espero que no me olvide y no me moleste más, aunque…
   En efecto. A pesar de mi comportamiento un poco burlesco pero firme nada ni nadie me pueden asegurar que mis momentos públicos de lectura o simple relax sean interrumpidos por esa dama sectaria –van cuatro veces- y su enigmática, silenciosa distante e inexpresiva acompañante; de forma más o menos (generalmente menos) amable para intentar convencerme de las bondades de su manera de charlar con un tipo que dicen lo creó todo ésto (ya le vale…), con apelaciones su infinito amor o amenazas con los fuegos  a los que me va a condenar eternamente –¡joder con el infinitamente amoroso!- si prescindo de decirle que le quiero mucho continuamente y que seguiré sus mandatos (?) con absoluta fidelidad perruna.
   Cuando tengo este tipo de encuentros, que es demasiado frecuentemente, siempre recuerdo la respuesta que dio a dos mormones mi tío Paco el ferroviario: “Pero, ¡si no creo en la buena!”, que debió dejar bastante confusos a sus interlocutores yankees cuando comenzó el proselitismo a domicilio y/o callejero por parte de las sectas cristianas. Y es que uno ya está un poco harto.
   Soy ateo desde que tengo uso de razón, es decir, desde que me dio por reflexionar por cuestiones vitales y filosóficas y no pude menos que asumir que es imposible ese aserto de ovejas y pastores que te inculcan tipos vestidos de mujer desde la más tierna infancia. Puedo asegurar que existirían ovejas sin pastores, pero, ¿pastores sin ovejas?. Ese es el truco: las ovejas pueden vivir a su aire, solitas; pero, ¿puede un pastor no tener rebaño?, ¿para qué serviría?. Mientras haya clientes, el negocio marcha.
   Mi precocidad en el ateísmo se vio muy bien auxiliada por mi formación en un colegio de religiosos, y porque parte de la familia que me tocó eran bastante talibanes del catolicismo integrista. Aun así, no fue fácil, y piqué en aquella juventud en muchas de las religiones en activo que pude encontrar, y en alguna que otra en desuso, con cierta curiosidad cada día más ajena a mi pensamiento; para llegar a la única conclusión lógica: ¿Dioses?. ¡Venga ya!. (*)
   Me hago viejo muy deprisa, mi carácter se avinagra y ya no me gusta tomar con el consabido cachondeo más o menos respetuoso las discusiones religiosas que ocurren a veces a mi alrededor y que me hicieron muy popular en ciertos ámbitos filosofico-tabernarios en otros tiempos.
   Incluso recuerdo una lejana y lluviosa tarde de invierno cuando dejé pasar a mi propia casa a dos señoras representantes de los afamados Testigos de Jeovah – visiblemente asombradas por el hecho del asilo y posibilidad de proselitismo-, que salieron poco después solicitándome que pudiesen venir a debatir conmigo hermanos más preparados (sic) más adelante.
   Así sucedió un par de semanas después: llegaron dos jóvenes caballeros bien trajeados y armados de biblias y documentos. Yo tenía un ejemplar de la Biblia que he extraviado en alguna de mis mudanzas forzosas y, en el debate, nos dimos cuenta que los textos de la suya y la mía no coincidian. “Ésta está escrita por Dios”, me dijo uno levantando la que portaba. “¿Crée que ésta la he escrito yo?”, le respondí señalando la mía. No estábamos de acuerdo ni en las bases.
   Más recientemente recuerdo la divertida (para mi y algunos de los testigos) controversia que tuve en un conocido local de ocio con una joven (para mi casi todas lo son) que aseguraba ser abogada en ejercicio y “muy aficionada a los estudios teológicos”. Yo comencé explicándola que, por mi parte, era muy aficionado a los estudios unicorniológicos, pues no tenía duda que el autor de todo lo conocido era un unicornio hembra invisible y de color rosa (**). Luego seguimos hablando un buen rato.
   Espero no tenerla nunca en contra en un tribunal y me cuidaré mucho de tenerla a favor. Se que me odia desde aquella tarde.
   Y es que es evidente que las religiones monoteístas carecen de sentido del humor, de capacidad de debate y les sobra dogmatismo por todas sus aristas. Pero es que la religión monoteísta es puro dogma, se ponga como se ponga el papa emérito Benito XVI, al que numerosos (y muy interesados aduladores) personajes confirman como inteligentísimo, cuando es un pseudo-intelectual que acusa de tramposos a filósofos ateos actuales de los que no puede señalar las presuntas “trampas” intelectuales que dice usan y con los que rehusa debatir (***).
   Y conste que me parece muy bien que cada uno crea en lo que le de la real gana, sobre todo si eso le ayuda a ser mejor persona y le sirve de consuelo en los problemas vitales. Pero, aunque comprenda su bondadoso impulso de extender por el mundo su felicidad, ¿no se da cuenta de que es una pesada molestia soportar discursos que no han sido solicitados?.
   Señora sudamericana que me ha escogido para “salvarme”: se que jamás leerá esto, aún así la recomiendo desde aquí que abandone su hosca actitud y que no interrumpa lecturas ajenas con las suyas propias. Piense que es muy probable que, aunque la parezca imposible, su discurso aburra y moleste a los que no nos movemos en teorías de premios y castigos eternos en otras más que improbables vidas.
   Y, sobre todo, la aconsejo que si quiere que la hagan algo de caso deje de amenazar con poses bíblicas a los que rechazan sus creencias y deje de pretender evangelizar a martillazos. Sin la ayuda de la Guardia Civil como en los viejos tiempos no suele funcionar.

(*) Cuando alguien es incapaz de entender que se puede vivir sin creer en dios alguno, suelo preguntarle si él cree en Alláh el Misericordioso, en Manitú el de las Eternas Praderas, en Odín, en Shiva el Destructor… Cuando me canso de escuchar sus negativas, le digo siempre: “¿Ves?, yo solo creo en un dios menos que tú”.

(**) Otras veces afirmo que el “creador” es un caracol de la huerta de mi pariente Manolón. Según tenga el día. (Ambos personajes, hombre y caracol, son ficticios).

(**) Esto es más o menos normal. Hay que tener en cuenta que, según él mismo, habla directamente con dios, así que, ¿por qué debatir con un simple humano?.

By Nacho Solar o8/10/3013